Para morir junto a mí.
Amanece despacio
como crece la hierba,
te contaré un secreto:
no he dormido nada.
He pasado la noche
huyendo del día
entre malas compañías,
huyendo de ti.
Tan sólo recuerdo
que salpiqué las paredes
con ginebra,
y más tarde
derramé sangre
sobre la alfombra del salón.
Tropecé con un cuerpo inerte,
le hice el amor
y al cabo de unas horas
desaparecí.
Llevo todo el tiempo
tratando de escribir algo,
evitando prender fuego
al pájaro que habita
el reloj de la pared.
Necesitaba morder unos labios
que no fueran los míos.
Así me acorde de ti,
de tu forma de gemir
antes de decir adiós.
A menudo rodamos por el suelo
devorados por el viento
como un par de dientes de león.
En ocasiones me llegaste a amar
y a día de hoy me consta
que aunque fuera un trago amargo
no has vuelto a probar nada igual,
a pesar de buscar en otros labios
como has buscado entre extraños
la sombra de los míos al pasar,
tal y como pasan los años
sin mirar atrás.
Más allá de la tristeza
nada merece la pena,
comprenderás que necesite
estar triste
para volver a sonreír.
Todo lo que escribo
levanta el vuelo
y regresa a mis manos
para morir junto a mí.