Después de ti.
No podrás hacerme daño
si decides empreder
el viaje que dejamos pendiente
sin contar conmigo.
Hace demasiado tiempo
dejé de sentir bajo el caparazón.
Ya no acostumbro a tomar cualquier tren
ni espero a nadie en la estación.
En resumidas cuentas,
la vida me ha enseñado
a no esperar nada de nadie.
A pesar de ello, soy feliz
vagando por esta calle,
esquina con tristeza.
A menudo pierdo los estribos y,
dejándome a la suerte de la noche,
mis caballos se alejan de aquí.
En ocasiones algunos versos hieren,
pero en otras mueren
con el propósito de no matarme a mí.
Hurgo en mis heridas
para disipar las dudas.
El dolor me ayuda a sonreír
y a recordar que, en el olvido,
yacen los cuerpos que un día amé
con la ternura de un crío.
Almas inertes, hojas de otoño
que no pudieron sobrevivir al frío,
ni a mi calor.
Una vez más,
volveré a cruzar el crudo invierno
desnudo, sin mi fusil.
Seguir vivo es la ironía más hermosa,
la cosa más agridulce, después de ti.
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