Por aquella mirada.
Desde que está tras la barra de un bar,
¡válgame dios! Fornica hasta con las sombras.
¿Que qué es lo que estoy diciendo?
Mire usted, lo sabe mejor que yo;
una dama entró para degustar un martini,
y en la trastienda, doy fe de que lo probó.
Quizá sea el morbo, la mitomanía,
el fetichismo o la estupidez,
pero su ropa interior se humedece
cuando usted se ofrece a servir algo de alcohol.
No entiendo nada. Conforme pasa el tiempo
necesito con urgencia algo indefinido,
que usted, amigo mío, no podrá darme,
a pesar de la fe que profeso por esta religión.
Probablemente divago porque nadie me entiende,
y por ello paso las tardes escribiendo galimatías,
disfrutando de la soledad con un buen café
con un ligero toque de canela y ron,
respirando el deseo impregnado en mi camisa,
con una sonrisa en los labios recién pintada.
Por aquella mirada, hubiera dado la vista,
a buena gana de haber vivido por sus ojos.
Nunca llegué a conocer su nombre,
pero estoy seguro de que era la mujer de mi vida.
Apuesto a que nunca llegará a saber
que decidí perder el tiempo escribiendo
para ella, esperando a que volviera a llover
para ponerme a resguardo bajo el techado de su voz.