La política es el arte de hacer posible lo necesario.
Atravesamos una época en la que, afirmar la creencia en la política, supone ser un imberbe, o, en el peor y más frecuente de los casos, un completo imbécil.
Ello deriva de la animadversión que despierta gran parte de la clase política, así como de la cantidad de claroscuros en torno a ella. Esto, es imposible negarlo.
No obstante, el hecho de que ciertos políticos españoles sean inútiles para regir los asuntos públicos, no debe – no debería - traducirse en odio hacia el Gobierno, al nivel que se precie.
Debido a la naturaleza del ser humano - que como hemos constatado hasta la fecha, gira en torno a la bondad y la dulzura - la política es imprescindible e ineludible para con la sociedad. Algunos han llegado a considerarla todo un arte.
De un tiempo a ésta parte, ha surgido a través de internet una especie movimiento que tiene por objeto inducir o excitar a los renegados políticos, para que estos terminen por sublevarse pacíficamente contra el sistema establecido.
No pretendo ni deseo defender la estructura que nos sostiene, pero tampoco deseo dinamitarla por el simple hecho de contemplar cómo se derrumba causando un gran estruendo, mientras derrama toda la sangre que esté a su alcance, de aquellos que , directamente y, en la cúspide, están a su servicio.
La revolución francesa, al principio, fue vista con buenos ojos por los galos que conformaban el populacho. El cadalso terminó siendo un auténtico lugar de culto, al que las masas, hambrientas, acudían en peregrinación. Aullaban y vitoreaban cada vez que una cabeza nobiliaria, tocada con una peluca empolvada, rodaba en lo alto del estrado.
Sin embargo, con el paso del tiempo, cuando el pueblo constató que su amada guillotina por sí sola no traía consigo una hogaza bajo el brazo, empezaron a preguntarse qué sentido tenía el derramamiento de tanta sangre.
¿Qué cojones pinta aquí la revolución francesa? No se alarmen. Simplemente se trata de una metáfora, puesto que, reitero, hasta dónde sé, dicho movimiento abandera la paz y el sosiego.
En cualquier caso, bajo esa bandera blanca, puedo percibir en muchas miradas una incipiente apetencia de sangre, y el oscuro sentimiento de ver rodar unas cuantas cabezas por el cadalso. Reitero, tan sólo se trata de una metáfora.
No quiero divagar demasiado. Pretendo llegar a una sencilla conclusión: todas las personas son respetables – que no, todas las ideas, puesto que nadie en su sano juicio aprobaría el exterminio de los judíos, por ejemplo -, pero no debemos olvidar que, tras toda esa ingenua parafernalia, cargada de utopías y sueños baldíos, no hay sustancia.
Resulta muy loable reclamar un cambio en la sociedad, como también los es enunciar uno a uno todos los problemas que nos acechan, tanto a jóvenes, ancianos, nasciturus, e incluso a los concepturus.
Ahora bien, el hecho de descalificar y criticar a la casta política sin aportar ningún tipo de solución, real y viable, francamente – es mi opinión -, no va a ninguna parte.
Por ello, en ocasiones como éstas, en las que se invoca a la muchedumbre para compartir una consigna de protesta, prefiero quedarme en casa, haciendo algo de provecho; porque si verdaderamente pretendemos levantar el país, quedarnos de brazos cruzados sentados en el suelo está demasiado lejos de llegar a conseguirlo.
Disculpen el discurso. Soy consciente de que no era lo que querían oír.