Del campo
Si imagino un camino, se me antoja de arcilla.
Más aún, si cierro los ojos, puedo notar sobre la piel los últimos pasos del sol, segundos antes de enjaular el vuelo de las aves, que, enloquecidas, seguirán en su lucha por tomar el cielo, con la última luz del día.
Desearía ser como ellas. Alcanzar el fin, sin haber llegado a derrochar ni un mísero segundo, sin haber llegado a menospreciar cada latido del corazón. Un corazón que, por el hecho de llevar dentro, creemos nuestro.
Desgraciadamente, como las aves, nació para ser libre, para volar a su antojo y no morir en cautividad.
Si pienso en ti, imagino ese camino.
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